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Ivanka Trump y Jared Kushner, la hija y el yerno que podrían estar en el gobierno

«Vuelta al trabajo», titulaba el jueves el panfletillo «People», con una foto de Ivanka Trump tras el histórico triunfo del león megalómano. La hija del nuevo césar, 35 años, ex modelo, madre de tres hijos, volvía así a su puesto de mando en la Trump Organization, ese multimillonario conglomerado de hoteles y campos de golf que se extiende de Columbus Circle, en Nueva York, a Ciudad de Panamá; una amalgama de perfumes, trajes y chuletones con el nombre Trump sobreimpresionado con el mismo hierro con el que Thomas Dunson (John Wayne) marcaba a sus vacas en Río rojo. «Querubín rubio», escribió de ella una redactora del «New York Post». «Podría ser lo mejor de la presidencia de su padre», celebraba el diario especializado en facturar portadas descabelladas y extravagantes titulares. Linda Masarella, la baranda del «Post», no dudó en celebrar la «feroz inteligencia» de Ivanka y su «equilibro natural». «Durante la campaña de Trump a la Casa Blanca», comenta Masarella, «pudo verse a Ivanka a su lado en más ocasiones que a su esposa, Melania, y fue convocada a menudo para que diera discursos impactantes». Trump no ha ocultado que quiere que su hija le acompañe a la Casa Blanca. Cuando en agosto le preguntaron a qué mujer nominaría para su Gobierno si era elegido, sólo dio un nombre. «Puedo decirte lo que todo el mundo me repite. Nombra a Ivanka, nombra a Ivanka, lo sabes, ¿verdad? Es muy popular, lo ha hecho bien, y sabes que deseo lo mejor para ella». Elegir a su hija para el gabinete, a su ojito derecho y tal, sería de un cesarismo tan evidente que resulta impensable en un «cowboy» de la telebasura que hizo triunfal divisa de su inestabilidad su temperamento volátil y su humor mudable. Si algo puedes creerte de él es que no puedes creerte nada, hoy invita a los Clinton a su boda, mañana promete enchironarlos y pasado veremos. También cabe pensar que todo eso pesa menos que su probada querencia por el nepotismo y su invencible amor por sus genes, a los que venera con aliento fanático.

¿Pero quién es y de dónde viene Ivanka? La chica, que nació en 1981, es fruto del matrimonio de Trump con Ivana Zelnícková, su primera y excesiva esposa, una modelo checoslovaca, como no podía ser menos. De hecho, dos de sus tres mujeres fueron modelos, igual que Ivana. La otra esposa, Marla Maples, con la que sólo estuvo seis años, es actriz. Ivana estudió en el colegio Chapin, un exclusivo establecimiento para niñas en la calle 84, a orillas del East River. En Chapin estudiaron Jacqueline Kennedy, la esposa de Charles Lindbergh y las hijas de John D. Rockefeller Jr., Franklin D. Roosevelt y Richard Nixon. De ahí fue a Connecticut, al Choate Rosemary Hall, el cole de J. Kennedy, Edward Albee, John Dos Passos y Michael Douglas. Finalmente, Georgetown y la Universidad de Pensilvania, donde estudió Economía. Para meterle un poco de glamur a tanto libro de texto y tanto prontuario de Friedrich von Hayek, la rubísima y altísima Ivanka tomó un par de decisiones inevitables. La primera, dedicar unos años a vagabundear por las pasarelas y las portadas de las revistas. Un claro homenaje a la Ivana primigenia y la ulterior Melania (de pasatiempo corta y pega discursos). ¿Qué sería del buen nombre y el blasón familiar sin el correspondiente paréntesis en «Vogue» y los biquinis, los tacones y esos titulares tan del gusto de cierta prensa con el encefalograma muy al fondo del fondo de armario, tipo «soy mujer y estoy orgullosa de serlo y estos son mis poderes y ésta mi colección de faldas» o bien, en giro cosmopolita, «los mejores estampados para la temporada primavera/verano en la Avenida Madison esquina con la 57»?

A continuación, y al igual que antes Bob Dylan pero en sentido inverso, abandonó la fe familiar, presbiteriana para convertirse al judaísmo. Lo hizo en 2009, tras contraer matrimonio con Jared Corey Kushner, gran tiburón del negocio inmobiliario en Manhattan y heredero inevitable de una familia de tiburones aún más robustos, todos ellos bien dotados para el complicado arte de vender y comprar propiedades, pongamos de 10.000 en 10.000. El muchacho es propietario del «New York Observer», que adquirió en 2006 por 10 millones de dólares, una bagatela comparados con los 1.800 millones que pagaría al año siguiente por la icónica torre 666 Fith Avenue, de nombre tan Polanksi que resulta imposible no recordar «La semilla del diablo» y preguntarse si el país en pleno no habrá sustituido a Mia Farrow en el papel estelar de madre al borde del síncope. Jared es hijo de Charles Kushner, que en palabras de Sarah Ellison, de «Vanity Fair», «fundó la empresa familiar y fue uno de los pilares del partido demócrata en Nueva Jersey hasta que se declaró culpable de evasión fiscal, manipulación de testigos y ofrecimiento de donaciones ilegales a las campañas políticas. Por no mencionar que contrató a una prostituta para que se acostara con su hermano, grabó el incidente y envió la cinta a su hermana. Cumplió un año de cárcel de una condena de dos». Estos y otros alegres incidentes le dieron a Ellison para titular su ya legendaria pieza «Cómo Jared Kushner se convirtió en el Mini-Yo de Donald Trump». Parece probado que el joven y apuesto Kushner ha jugado un papel importante en la campaña de su rubio suegro y su no menos blonda hija. Al punto de que le habría escrito algunos de los discursos más memorables. Como aquel en el que prometía que la industria pesada de EEUU alcanzaría niveles de prosperidad nunca vistos desde que los sindicalistas más viejos de los muelles de Baltimore se jubilaron para que reinara Frank Sobotka y, aún antes, desde que los altos hornos de Pittsburgh forjaran las puertas del Canal de Panamá. Qué importa ya si luego Donald, muy aplaudido entre ciertos sectores por su incapacidad para concentrarse en la lectura (los defectos, las taras, unen mucho) decidiera saltarse las frases de Kushner hijo y/o rebozarlas con sus muy agudos e hiperbólicos comentarios.

Michael Barbaro y Jonathan Mahler, en un perfil para el «New York Times», establecieron el más evidente paralelismo entre Kushner y Trump: el suegro llegó a Manhattan para superar el legado de su padre, Fred Trump, mientras que todo lo que ha hecho el yerno pasa por recuperar el crédito de un apellido machacado por las actividades de Kushner padre. Lo interesante es que le ha tocado trabajar junto al hombre que más peleó para enchironar a su progenitor, Chris Christie, entonces fiscal general de Nueva Jersey, luego rival de Donald Trump en las primarias republicanas y hoy fiel aliado del nuevo presidente a la espera de un cargo en proporción al perímetro de su ego. Al final, por cierto, todo queda en casa, y así una de las mejores amigas de Ivanka Trump es Chelsea Clinton, hija de Hillary y Bill. Pero si la política hace extraños compañeros de cama, y el matrimonio ni digamos, resulta lógico que el marido de Ivanka y el agresivo Christie hayan unido sus destinos para bruñir, adecentar y profesionalizar la carrera de un Trump que pretendía ser Gary Cooper en «Solo ante el peligro» y en demasiadas ocasiones parecía un cruce entre el Jesús Gil de las mamachicho y el Dean Martin empapado de whisky en «Río Bravo».

Ángeles custodios

Dicen que Kushner fue esencial para que Trump prescindiera de Corey Lewandoski, su antiguo e impresentable director de campaña. También que Ivanka ayudó para que apeara a tan vitriólico mánager. Desde entonces el dúo ha ejercido como una dupla de ángeles custodios del actual presidente, proporcionándole una pátina de serenidad y buenas maneras que no siempre parece al alcance del «mejor presidente que Dios jamás haya creado». Por decirlo, digo, con la habitual modestia, el recato entrañable y la timidez zen del hombre que en enero ocupará el Despacho Oval mientras decide qué cargo ofrece a la bella Ivanka de todos los Trumps. De momento, ya forma parte de su equipo de transición.

Source: Life Style

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Author: Redacción

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