Que nadie venga a decirme que tengo la obligación de mojarme

Estábamos paseando P. y yo por Lisboa y me salió del alma decir: “Creo que en otra vida fui un príncipe lisboeta”. Acto seguido rectifiqué: “Se me ha ido la pinza. Seguro que fui alguien un pelín más tirado”. P. estuvo rápido –como siempre- y salió en mi ayuda: “Serías un príncipe pero callejero, como el príncipe Harry”. “Ahí le has dado”, exclamé. Nos encanta Harry de Inglaterra por su pinta de canalla divertido y adoramos Lisboa por diversos motivos cada uno. Voy con los míos que para eso escribo yo esta columna.

No me gustan las ciudades que se declaran modernas o que presumen de ser tecnológicamente avanzadas. Me siento desubicado y patoso. Pero Lisboa tiene algo que me empuja a pensar que es mi lugar en el mundo. Hay gente que ama el futuro –por ejemplo, P.- y otra, como yo, que se ha quedado anclado en el pasado. De ahí que disfrute tanto en la capital de Portugal. No ha sucumbido a los excesos de la globalización. Paseas por sus calles y conservan todavía su identidad. No me sucede con otras capitales europeas: se parecen tanto unas a otras que te da igual estar en Viena o en París. Pero en Lisboa se ha detenido el tiempo o a lo mejor es que saben administrarlo mejor. Veo a gente disfrutar en los cafés, sonriendo al pasear y respondiendo con amabilidad cuando les preguntas. He pateado las mismas calles infinidad de veces pero todavía me emociona reconocer los mismos sitios que llevo viendo desde hace más de veinte años. El lunes tuvimos la suerte de que hiciera buen tiempo y acabamos en la playa de Caparica. Nuestro país estaba patas arriba y nosotros disfrutábamos de un maravilloso día de sol y de las frías aguas del Atlántico.

Mientras almorzábamos en un chiringuito le dije a P.: “No nos engañemos. Esto que estamos viviendo es mentira. Cuando lleguemos a Madrid volveremos al frío y a la gabardina. Hoy es verano pero mañana caminaremos hacia el frío”. Y no sólo al meteorológico, me faltó añadir. De repente todo se ha vuelto más frío y más triste.

Recibo mensajes durísimos reprochándome que no me haya manifestado sobre lo que está sucediendo. Y yo me pregunto: ¿para qué? ¿para recibir insultos de la gente que no esté de acuerdo conmigo? Pues sinceramente, no me da la gana. Ya no. Estoy harto. Harto de que no nos escuchemos. Harto de no valorar la opinión de los que no piensan como nosotros. Harto del pensamiento único. Harto de que nos hayamos olvidado de reflexionar y de que consideremos de que lo único válido es lo que nosotros pensamos. Que nadie venga a decirme que tengo la obligación de mojarme. No. Se acabó. Entre todos hemos construido una sociedad en la que no tiene cabida el diálogo. Si no nos importa la opinión del otro ¿para qué sirve que alguien popular se manifieste? Para fomentar el odio entre sus detractores, para nada más. Y llega un momento de tu vida en el que lidiar con eso ya no te compensa. Y te encierras en casa y vives tu tristeza en soledad. O compartiéndola solo con tus amigos. Siento que me están estafando muchas horas de mi vida y lo malo es que no sé a quién pasarle la factura de la alegría que me están robando.


Source: Love is

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Author: Redacción

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