Reason Play Microgaming

Brangelina, carne para los perros

Hay disturbios en Charlotte por otro ciudadano negro abatido por la policía. Llueven adoquines y pelotas de goma. La otra noche un individuo, también negro, disparó contra la multitud y le incrustó una bala en la azotea a un manifestante. Falta una semana para que el presidente Obama inaugure el Museo Nacional de la Historia y la Cultura Afroamericanas. Cinco plantas, 40.000 objetos en una colección que va de los capuchones del KKK al vestido de Rosa Parks el día en que fue detenida y las zapatillas con las que Jesse Owens humilló a Hitler. Entre los artefactos, la almohada que una esclava le regaló a su hija de 9 años cuando vendieron a la niña. Nunca volvieron a verse. En 1921, muchos años después, la nieta de aquella cría bordó en la tela la desventurada historia de su abuelo. EEUU arde por los cuatro costados, igual que cuando el FBI conspiraba para enturbiar a los líderes por los derechos civiles y los Panteras Negras enarbolaban pistolas, pero el país sólo tiene ojitos para un divorcio. Ya puede arrasar Trump o sucederse las plagas de Egipto que el foco sigue bizco sobre Angelina Jolie y Brad Pitt, tanto monta.

La pareja ha anunciado su separación y las radios y televisiones saborean un menú largo y espeso de juicios finales. Lo primero fue hacerle la radiografía a sus cuentas corrientes. Con unos ingresos de cientos de millones de dólares se trata de la realeza de Hollywood. El guapito que movía el trasero en «Thelma y Louise» y la bella que iba de punky y nihilista fundaron un hogar nauseabundo de puro cursi; tuvieron tres hijos y adoptaron otros tres; protagonizaron acciones humanitarias; trabajaron con los más grandes directores de nuestro tiempo (Terrence Malick, Clint Eastwood, etc.) y demostraron una y otra vez que debajo del físico biónico y perfecto, tras el uniforme de guapos oficiales y pareja melosa, latía inquieto el fuego de los grandes actores. Dos personas capaces de sobreponerse a su condición zoológica, de cebo amarillista para consumo de masa embrutecida, mientras rodaban buenas películas y forraban la caja de caudales con lingotes de oro.

George Clooney, soltero áureo hasta que pasó por el aro en una boda Disney, ha lamentado la separación de sus amigos. La bellísima Marion Cotillard, por su boca de rojo pecado, aclara que a ella pueden registrarla. Nada tiene que ver con el descalabro. Niega los rumores de un supuesto affaire con el rubio. «Page Six», el maloliente suplemento de cotilleos del infame «New York Post», contaba que Jolie contrató a un detective privado para seguir a su marido durante el rodaje de la película que coprotagoniza con la gabacha. El huelebraguetas habría vuelto con el cuaderno repleto de putas rusas, champán, drogas. En su opinión también hubo lío entre los actores, algo que ya ha negado un portavoz de Cotillard. Lo último que sabemos es que la fiscalía de Los Ángeles investiga al divo por un posible incidente a bordo de un avión. Cuentan que había bebido, que gritó y pegó a uno de sus hijos, que montó un circo. Sometidos al escrutinio incesante de los medios, paseados en las camionetas de las portadas, es casi imposible deslindar verdad y mito, cuento y hechos. En el desván de los cotilleos la noticia no vale un clavo si no lleva incorporado el descalabro, la hecatombe, el desastre. Al final los acusarán de haber provocado la extinción del mamut lanudo y el calentamiento global.

Suena a historia romántica con mal final. Se trata de una quiebra económica, más de 500 millones de dólares en beneficios durante los últimos doce años. Ella quiere la custodia de los críos y él, la compartida. El culebrón terminará con unos cuantos editores chispas, ebrios de vender un par de trailers de papel en el supermercado, reactivos a los datos que enmiendan sus ladridos. Qué importa qué ocurrió y a quién le importa. Sólo cuenta hacer astillas con el fuego, fumarse el fósforo de un amor que no fue nuestro y echarnos unas risas, jojojo, con la tristeza ajena. La bilis sale gratis. En el divorcio de estos histriones defecarán todos los aladinos de la alcoba ajena, censores sonrientes ante el espectáculo de flashes, preguntas indiscretas, leguleyos y jueces, adulterios, pasotes, amoríos. Hacer bien tu trabajo es lo de menos. A nuestros ídolos les pedimos que vendan portadas, caminen a dos metros del suelo y sean espejo de la juventud, consuelo del paria, ejemplo del descarriado, ungüento para el solitario y santos con limusina en lugar de peana. Así no hay quien respire.

Source: Life Style

Share Button

Author: Redacción

Share This Post On

Submit a Comment