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Carmen Franco descubre lo que el pardo silenció

El cáncer de Carmen Franco no es nuevo ni está recien adquirido. Su círculo lo sabía ya hace algunos años. Yo fui el primero en publicarlo. A cada uno lo suyo. Lo conté sobradamente en estas páginas y luego en el matinal que Antonio Herrero hacía en la Cope. Supongo que por incredulidad o respeto pasó desapercibido y ahora lo relanzan casi morbosamente apoyando el libro semibiografía de la duquesa hecha por Nieves Navarro. Dará de qué hablar y son historias que quedaban por escribir, como las muchas que ya generan las nuevas fotos, para algunas escandalosas, de Cayetano Martínez de Irujo en plan alegre y confiado. Con 91 años y una figura aún perfectamente conservada y nada desfigurada, la hija del Caudillo cuenta lo que siempre había callado y que los fieles a El Pardo optaron por silenciar o más bien arrinconar, cuando es una parte vital de nuestra historia. El lado familiar de los Franco quedó oscurecido por los resplandores cortesanos, lástima. Carmen Franco cultivó esa reserva y lo mismo había hecho su hijo que desgraciadamente ahora calla por autorespeto a las públicas y reiteradas infidelidades de su marido, el jacarandoso marqués de Villaverde que incluso mandando su suegro –al que nunca cayó bien, Franco sabía lo que había– no escondía sus pasiones y se dejaba ver ostentosamente con una joven llamada K. Así se referían a ella para despistar. Le duró bastantes años estoicamente aguantados por esta muchacha de buena familia, muy introducida en la alta sociedad y en un grupo donde destacaba la simpatía de Lourdes Barroso.

La actual duquesa apenas se refiere a su numerosa prole que abre Carmen y cierrra el menos exhibicionista Jaime. Él no pasa por taquilla, donde su hermana mayor bate récords en este tema competidor de las ya polémicas fotos de Isabel, Mario y la parentela, más que supuesto enfado de la ex traicionada Patricia al ver componer con la extraña un grupo familiar uniendo lo mejor de su sangre. Isabel centra la atención y ya descalifican con manipulación, oportunismo o montaje descarado donde Vargas Llosa tuvo que intervenir. Es un tema incansable en los muchos saraos prenavideños de esta semana: lo mismo estuvo en la benéfica cena de Iván Mañero –recaudaron 24.000 euros– con Mónica Pont incomparable a sus 47, o la sorpresa que supuso gracias a Papá Noel ver juntos a Tita Cervera, Borja y Blanca inaugurando una muestra en el Thyssen. Bajo un claro abrigo tobillero, la rejuvenecida baronesa soltó un elocuente «uf» cuando indagué qué tal lo pasa en Andorra, un exilio letal y paraíso fiscal escogido en bien de los caudales. Su gesto fue expresivo. Sobraban las palabras para entender cuánto y cómo debe de aburrirse ella tan jaranera en aquellas alturas muy refrescadas donde no existe vida social. Atentas repasan los gestos de las nietas del Nobel. Quieren encontrarlas insatisfechas o incómodas y sólo hay un evidente placer posador. Alguien hasta me las compara con las Kardashian, ¡vaya prole!

Ellos ignoraban que la reunión tendría tal impacto periodístico. Supusieron que no pasaría de un retrato de familia digno de Ricardo Macarron o Revello de Toro, alegan. Pero ha encendido humareda y quizá cabreo en una Presyler excesivamente delgada gracias al tratamiento facial con la crema caviar de las Massumeh y sus visitas semanales a Maribel Yébenes para mantener el cuerpo de una veinteañera. Los resultados saltan a la vista, como lo juvenil de su sonrisa heredada por Tamara. Es un caso similar al de los Franco: doña Carmen siempre discreta o hasta autoritaria, en actitud de gran dama de otro tiempo. Su hija Carmen fue criada entre algodones y Carmencita rompió moldes incluso cuando vivía su abuelo y se atrevió a dejar a Alfonso de Borbón sexualmente cegada por Jean Marie Rossi. Iban con sus parejas durante un crucero, se conocieron y tanto le encantó el francés que deshizo la España aduladora. Se instaló en París y peleó por lograr la custodia de sus hijos. Con el hoy anciano anticuario dueño de Aveline aguantó muchos años. Rossi le daba lo que nunca había tenido y dejó más que corto, casi empequeñecido, al primo de Don Juan Carlos que no había salido con la que se supone característica física sobresaliente de los borbones.

A horas de casar a Ana Boyer con Fernando Verdasco crece la curiosidad sobre cómo será esa boda caribeña organizada por Tamarita y qué invitados acudirán. Tamara tiene las cualidades del marqués de Griñón, a quien vi en el sevillano Salón del Caballo con 18 kilos menos. Casi competía con Agatha Ruiz de la Prada que se quitó de encima otros 16 cual revancha a la «ahí te quedas». Y tal delgadez la remarcó el pijama de lamé dorado no en pata de gallo como creyó alguien ante la marquesa de Saltillo, que rebosaba perlones. Lo observó Carmen Tello, siempre señorial, mientras José Luis, el alto de los Lucchino, sorprendió con un trasplante de pelo que ahora le cae por la frente. «Me lo hicieron en Estambul y la operación duró cinco horas», dijo animándome a que yo también me ponga boina. Incluso perdió años, consideraban, dispuestos a seguir su envidiado pero muy criticado ejemplo. Decían que ya no tiene edad.


Source: Life Style

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Author: Redacción

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