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De tímida inglesita a referente del diseño

Creo recordar que es de Martínmorales un chiste publicado en alguna revista que ahora no me atrevo a precisar, que dibujando dos accidentes de circulación, un arriba y otro abajo, subraya a pie de imagen: «Tontos los que fallecen saliendo de vacaciones… Listos los que mueren volviendo. Sobra comentar que estos últimos pueden decir, con conocimiento de causa, “que me quiten lo bailao”». Eso pensé cuando escuché que Lady Di había fallecido en un accidente de tráfico en el puente de l’Almá de París la noche del 31 de agosto de 1997, exactamente el último día de agosto. Ya saben, cuando los españoles volvíamos de vacaciones.

«Pescar» al futuro Rey

Lady Di no fue nunca santo de mi devoción, me parecía una pobre princesa que no había sabido aprovechar las enormes posibilidades que le ofrecía la vida. Si había conseguido «pescar» al futuro rey de Inglaterra se supone que debía «tragar» con todo por garantizar dos cosas en esta vida: morir reina y ser madre de rey. Las historias de amor están muy bien para los millonarios que se encaprichan de las impresionantes prostitutas de Nueva York o para futbolistas que se enamoran de vendedoras de tiendas, no para las princesas que se enamoran de los reyes. Para éstas, al parecer, hay una estricta serie de obligaciones no escritas, o sí, que dicen cómo «no ver, no oír y no decir nunca nada inconveniente». Una reina tiene más fácil tener un adorable amante al final del pasillo de sus aposentos que impedir que el rey la tenga en la habitación de enfrente. Así que mi postura siempre fue la misma, tenía que haberse callado y aprovecharse de todo lo que le garantizaba su privilegiada posición. No es cuestión de machismo, sino de saber quién lleva la corona en este matrimonio. El que la pone la encima de la mesa es el que tiene toda la razón. Ley número uno de este medieval contrato de matrimonio que está por encima de cualquier Código Civil. Para ejemplo proverbial de mi tesis, propongo lo que Felipe de Edimburgo, su egregio suegro, tuvo que hacer por lealtad a su Graciosa Majestad, con su listado de guapísimas secretarias.

Mi predilección por su esotérico esposo, Carlos, no me impide reconocerle dos grandes virtudes. Una con las obras de caridad que adornan su currículum y otra con su manifiesta pasión por la moda. Desde Wallis Simpson no había cerca de la familia real inglesa una mujer con más interés por la moda que Diana de Gales. Las comparaciones son odiosas, pero también a veces inevitables, porque las dos estuvieron a punto de cargarse la monarquía por sus irresistibles encantos sobre sus príncipes y sus súbditos correspondientes. Y las dos marcaron huella en la historia de la moda. Wallis en los años 30, quizá los más elegantes del siglo XX, y Diana en los 80, quizá los más exagerados. Nicholas Coleridge, periodista que terminó presidiendo el «British Fashion Council», la institución más prestigiosa de la moda británica, describe en su libro «La conspiración de la moda» cómo los ingleses quizá sean el pueblo más negado del planeta para la moda. De hecho, en su secreto inconsciente colectivo la odian o, mejor dicho, la desprecian. Un pueblo que es capaz de heredarlo todo con devoción casi mística, desde una casaca roja para montar a caballo o unos zapatos Oxford de su bisabuelo, cómo van a ser sensibles a este negocio absurdo, lleno de nuevos ricos, de vendedores de humo… Para colmo de males, los 80 son la década en la que una de las calles clásicas del lujo más indiscutibles para los auténticos británicos, Bond Street, empieza a llenarse de nombres de diseñadores italianos que vienen a conquistarlos. No es baladí que uno de estos encantadores de serpientes fuese precisamente Versace. Su amigo, el maravilloso Gianni Versace. Diana Spencer, en los pocos años que duró su tratamiento de Alteza Real, pasó de ser la tímida inglesita vestida de Laura Ashley para tomar el té con Margaret Thatcher a la espectacular «it girl» de stilettos de Christian Louboutin y ese vestido con los brazos al aire y minifalda de top model –firmado por Christina Stambolian– que habría levantado de la tumba al mismísimo Sir Winston Churchill.

La bandera de la Union Jack, esto es, del Reino Unido, cubriendo su ataúd bajo un ramo de rosas y peonías blancas, entrando solemne sobre los hombros de ocho oficiales en la catedral de San Pablo, devolvían la majestad a aquella pobre oveja descarriada. Todos los honores que la corona inglesa puede desplegar sobre un mortal se extendieron sobre su cadáver. El mundo tenía que olvidar que seis días antes esa princesa pensativa, con un bañador que parece llevar su nombre en la historia de la moda, en la popa del yate de su novio el señor Dodi Al-Fayed frente a las costas de Portofino, era el enemigo público número uno de la poderosa dinastía Windsor. Se terminaba así su estupenda estatura, su melena rubia, sus ojos claros, su mutua admiración con el «Vogue» inglés, su protección de muchos diseñadores británicos, que vieron en ella la perfecta embajadora que todo país quiere tener en su reina, su amistad con músicos que adoraban la moda, con diseñadores, incluso con fotógrafos de moda.

El bolso Lady Di-or

Dior, que veía en ella otra nueva Grace Kelly, otra nueva Jackie, otra nueva Soraya, desplegó su alfombra roja para hacerla reina de la casa. El famoso bolso que bautizó con su nombre, Lady Di-or, era el principio de una larga amistad que el destino volvió a truncar cuando menos se esperaba. A Lady Di le gustaba la moda, quizá eso era lo que explica los miles de ramos de flores que su amado pueblo dejó agolpándose a las puertas de Buckingham. A lo mejor eso es lo que explica que a Su Serenísima Majestad Isabel II ella nunca le gustase. ¿Cómo le va a gustar a la reina de Inglaterra alguien que se salta el guión? La moda es apariencia, novedad, vanidad, frivolidad. Todo eso, diría Shakespeare, que la aristocracia quiere para sí pero desprecia en los demás. Querida Diana Frances Spencer, Alteza Real, princesa de Gales, veinte años después de su muerte, la moda no la olvida.


Source: Life Style

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Author: Redacción

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