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Inaguantable parón tras la maratón de bodas

Ya no puedo más. No sé ustedes, pero se me antoja difícil resistir este agónico e insufrible intervalo, pausa o reposo tras los dispares –incluso disparatados– y emotivos «sí, quiero» del último mes. Me llenaron de optimismo, tal si fuera un sacerdote «ancien régime», pastor de cualquier religión o cosedor de la imparable Rosa Clará, ya no digamos las históricas Basaldúa o el Pertegaz, que hizo testamento al vestir a Doña Letizia siguiendo pautas, excesos o imposiciones de Zarzuela por parte de la hoy Reina, entonces futura, nada cálida. Se vio en la pasada Fiesta Nacional, donde en estas páginas Jesús G. Feria logró la imagen más sobresaliente: no fue la de la presidenta Cifuentes con su celebrado paraguas rojigualdo, tampoco la exactitud de Ángela Molina con melena suelta sobre «tailleur» gris con minilunares. Ni siquiera los esmeraldones sobre brillantes quizá excesivos de Araceli García Vargas. La admirada foto del compañero recoge a Letizia acariciando la barbilla de la Princesa de Asturias, con abrigo azul marino de CH, mientras el de Sofía es luminoso rojo. Un gesto natural, cálido y emocionante si su mirada no se perdiese en un punto indeterminado como pa-sando de las crías. Lo repitió durante el cansino besamanos. Recuerdo cómo Don Juan Carlos te miraba a los ojos, ¡ay! Chocó, como también el Felipe Varela que lució para la recepción en Palacio y el desfile. Era un trajecito poco solemne en lanilla rameada y no un abrigo como escribieron algunos viendo la tele.

Volviendo a las bodas, el Hanníbal Laguna de Rocío Carrasco no era nada novedoso, aunque estaba acorde con el ambiente burguesito de su escenario toledano. Sonó a pretencioso para quien va de normal en su día a día. Aunque mucho mejor que el que figura en el museo de los horrores, el traje de Tony Ardón y el trenzado múltiple cuando en Yerbabuena se casó con Antonio David apadrinada por Pedro Carrasco, ahora reemplazado sin tanto porte por su casi hermano gemelo –aunque más alto–, el tito Antonio.

Más natural me pareció la boda santanderina de Marta Hazas en La Magdalena, en donde también Terelu se unió a Alejandro Rubio. No desentonaron sus hombros al aire, como tampoco el velo de tul ilusión, excesivo sobre la arena, o la manga larga de encaje de Paz Padilla a pie de agua, en la hermosa y aún virgen Zahara de los Atunes. Caso de disponerme a celebración nupcial, haría lo que la chistosa que no iguala a Jorge Javier, cada vez más añorado.

Y, por último, lo de Kiko Rivera con Irene, tan pródigo en famosillos comparsas como tuvo la Carrasco con contadas excepciones. Pantoja deslumbró en la de su ya nada «pequeño del alma» y superó la expectación provocada por esta resurrección tras el calvario carcelario tan bien ganado y encerrarse siete meses en Cantora. Ante ella desaparecieron los fastos nupciales y, casi diría que, sin quererlo, anuló a los recién casados.

Source: Life Style

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Author: Redacción

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