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La noche en la que Lady Foster pidió a Podemos leer a Adam Smith

En Bilbao experimentamos un cruce entre «El Ministerio del Tiempo» y la agenda del matrimonio Foster. En el breve espacio de 10 horas simulamos por el río Nervión un viaje tipo Titanic, en el que murió el padre de Peggy Guggenheim, pero sin naufragio y por la noche, con una cena neoyorkina años XX, con banda de jazz en directo, para entregarle el XV Premio Montblanc del Mecenazgo en el Arte a Elena Ochoa, Lady Foster. Como maestra de ceremonias, la polifacética actriz Macarena Gómez, miembro del jurado internacional y amiga de la marca, que por un momento se sintió poseída por el espíritu de Peggy Guggenheim, siemprte presente durante toda la jornada, y casi suelta una frase muy coloquaial sobre los numerosos amantes que tuvo la rica mecenas, mientras se fumaba un pitillo con Elena Ochoa, y hasta aquí puedo descubrir.

Mientras, Lady Foster, que se define como «librera, porque hay que vender libros», le dedicaba el premio a su marido y a sus hijos. En el Atrio del Museo Guggenheim de Bilbao, Sir Norman Foster la observaba y con su mano izquierda dibujaba, con un lápiz Faber-Castell punta 05, el croquis de un edificio. Terminada su alocución, Elena regresaba a su mesa, denominada Lorenzo de Medici, porque esa noche en el museo se rendía respeto y admiración a 25 grandes mecenas del arte. Ella le daba un beso a su marido y contemplaba su premio: una pluma Peggy Guggenheim, de las que sólo hay 16 en el mundo, pero ninguna como la suya. Foster escuchaba la descripción: plumín de oro con las huellas de los perros de Peggy grabados y los postes de amarrar góndolas venecianas lacados en rojo. La fundadora de IvoryPress adora Venecia y va varias veces al año. Viendo el interés que ponía el arquitecto, el director general de la marca, Francesc Carmona, sacó de su chaqueta su propia pluma, una Heritage, y se la regaló. Él hizo amago de no aceptar, pero enseguida Lady Foster resolvió: «Norman, sí, acéptala y así luego yo te la quito». Porque a Elena le gusta escribir con pluma y tinta gris oscura. Yo aproveché para preguntarle: «¿Elena, cuánto pesa su editorial?». «Toneladas, toneladas», respondió.

Entre los dos existe complicidad y se hablan en inglés. «Mi marido tenía que estar en París con su equipo para iniciar su viaje anual en el que recorre un país en bicicleta durante una semana, pero ha decidido empezar mañana, por ayer viernes, su viaje París-Berlín para estar esta noche aquí».

Antes de la cena tuvimos la opción de visitar la exposición del Guggenheim y cuando Elena se topó con la obra «Cuatro o cinco veces», de Man Ray, estuvo detenida unos cuatro minutos observándola, con sus gafas de montura XXL de pasta gruesa y estilo Peggy. «Llevo gafas porque las necesito», y a continuación se fue a buscar a su marido para observar la obra juntos. Esa escultura, fechada en 1929, Man Ray la tenía escondida en un armario porque la consideraba infantil.

La complicidad del matrimonio también se extiende a sus trabajos. Ambos tienen una conciencia social inyectada en sus venas. Los edificios y el arte con sello Foster devuelven a la sociedad parte de lo que de ella recibe. Ahora son muy influyentes, viajan en su avión privado y les rodea un equipo de asistentes; eso les ocasiona llevar una vida con horario exprimido y con varias casas abiertas por todo el mundo. «Antes de ayer vivía en Nueva York; ayer en Madrid; hoy en Bilbao y mañana en París». Todo, gracias a que sus dos hijos, que rozan la mayoría de edad, estudian en Londres, lo que les lleva a tener el cuartel general allí. Ellos son los que les ponen al día en las inquietudes del mundo moderno como el rap, por ejemplo.

Elena Ochoa es otro perfil al de la millonaria norteamericana, pero sí venera que «Peggy siempre hizo lo que quiso, fue una mujer muy libre y se puso el mundo por montera». Me gustó ver cómo Norman Foster toma notas en cualquier papelillo.

Ella, que sólo fuma siete cigarrillos de rubio americano al día, se filtraba por una de las puertas que dan al río para dar cuenta del último de su cupo diario, y en ese fumadero exterior alabé su chaqueta, de Prada «comprada en Hong-Kong», y luego sus zapatos, que al subir al escenario se les pudo ver la suela roja con tacón de aguja metálico, muy originales. «Pues si quieres ver zapatos especiales tienes que ir a México a ver museo de zapatos de la hija de Carlos Slim, son increíbles, todos muy especiales y todos los ha usado ella. Ahora, los llevará a su museo, el Soumaya, donde quedarán expuestos». Y de zapatos, a Podemos. No nos podíamos ir sin preguntarle por el fenómeno originado en su antigua universidad de Sociología. «Yo estaría encantada si apoyan a la cultura, pero veo que hablan más de otros asuntos, creo que tendrían que leer a Adam Smith para saber qué significan tolerancia y empatía». ¿Y qué obra tendrían que observar los de Podemos para que se les pegase algo de belleza? «La belleza puede cambiar el mundo… ja, ja, ja». La pregunta le provoca una risa tan inconmensurable que desaparece del brazo de Norman, como ella le llama, entre la bruma bilbaína y con su pluma Peggy dentro del bolso.

Source: Life Style

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Author: Redacción

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