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La última y mayor «venganza»: Las consecuencias de su muerte

Supongo que ya se lo habrás dicho a tu hermana», pregunta el duque de Edimburgo a su esposa tras enterarse de que Diana había fallecido. «Sí, y está dando saltos de alegría», le responde la reina. La conversación procede de los diálogos de «The Queen», película de Stephen Frears estrenada en 2006, que gira en torno a la muerte de Lady Di y su efecto sobre la familia real. No deja de ser ficción, aunque no muy alejada de lo que las crónicas cuentan que fue la relación de la princesa con la corona.

Es sabida la animadversión que su suegro sentía por ella (paradójicamente, se dice que fue él quien la eligió como pretendienta de su hijo por su aparente inocencia, arrepintiéndose luego tras comprobar que era de todo menos maleable), así como de la princesa Margarita, hermana de Isabel. Pero precisamente fue ésta, la reina, quien tuvo que soportar más críticas tras la muerte de su nuera y asumir la ardua tarea de lavar la imagen pública de la familia ante lo que a las puertas de Buckingham se reprobaba.

«Muestre un poco de afecto, señora», tituló el diario «Express» tras conocerse que Isabel II permanecería en el castillo de Balmoral, donde veraneaba con su marido, hijo y nietos, hasta el mismo día del funeral de Diana, el 4 de septiembre. Una decisión que le valió el reproche de un pueblo que desde Londres gritaba «muéstrenos que le importa» y se preguntaba «¿dónde está nuestra reina?», como así lo atestiguó la Prensa de la época.

El principio del fin

Una presión que aumentó al conocerse que la reina no planeaba rendir a la princesa un funeral de Estado. Pero finalmente tuvo que claudicar. Adelantó un día la vuelta a Londres y el viernes por la tarde pronunció el discurso que todos esperaban: «Como vuestra reina, os digo de corazón que mi deseo es rendir tributo a Diana. En las buenas y en las malas, nunca perdió su sonrisa ni su capacidad de inspirar a los demás con su amabilidad y bondad». Un alegato que, en cambio, poco apaciguó a un pueblo que consideraba que las palabras de su soberana llegaban tarde e incluso alguno se atrevió, al acercarse a ellos Isabel tras concluir su intervención, a preguntarle si la corona había sido la culpable de la muerte de la princesa. Era el principio del fin: la popularidad de la familia caía en picado.

Sin embargo, esta misma semana Guillermo y Enrique reconocían por primera vez en 20 años que el papel de su abuela fue el más difícil: «Tuvo que decidir entre mantenernos en la privacidad o que cumpliéramos desde el primer momento con nuestro papel de príncipes. Fue muy duro para ella y le sigo agradeciendo que nos dejara en Balmoral hasta el día del funeral», asegura Enrique en «Diana, 7 días», documental que se emite mañana en la BBC. «Cuando llegamos a Buckingham la gente nos gritaba, quería tocarnos y nos tiraba flores. Nunca entendí por qué nos mostraban tal emoción si ni siquiera conocían realmente a mi madre», confiesa Guillermo. También cuentan cómo fue el momento en que su padre le comunicó la noticia del fallecimiento: «Me quedé atontado y no paraba de preguntarme “por qué a mí”», afirma Guillermo, que entonces tenía 15 años. «Ir detrás del féretro de mi madre ha sido lo peor de mi vida. Agachaba la cabeza y me la tapaba con el pelo para que nadie me viese», añade. Su hermano, entonces de 12 años, también arremete contra los «paparazzi»: «En el momento del accidente en vez de ayudar a mi madre no paraban de fotografiarla. Había sufrido una lesión grave en la cabeza, pero estaba consciente en el asiento trasero», confiesa, refiriéndose a ellos como «una manada de perros».

En el mismo documental Malcon Ross, ex miembro de la corte y encargado de organizar el funeral, resalta el papel mediador que desempeñó entonces Isabel II: «La conozco y es muy estricta con el protocolo. Su obligación era no bajar el nivel respecto al funeral de su padre. Pero le preocupa mucho la monarquía y la opinión pública, y al final suya fue la iniciativa de despedir a su ex nuera con todos los honores».

Sin embargo, el pueblo nunca olvidó ni perdonó y la animadversión se duplicó cuando Carlos y Camilla aparecieron juntos por primera vez en público en 1999 en el hotel Ritz de Londres. «Robamaridos» y «la rottweiler» fueron algunos de los calificativos que se oían en las calles de Londres para referirse a la futura consorte. Pero nada arruinó su boda en 2005 con el heredero al trono. Entonces la reina volvió a mediar, concediéndole a Camilla el título de duquesa de Cornualles, para evitar que se la conociese como princesa de Gales (aunque legalmente lo era y lo es). Algo que no acalló las voces que la tildaban de suplantadora ni que las encuestas la rechazasen como futura consorte. Una opinión que hoy se mantiene, ya que hace unos días varios sondeos revelaban que más de la mitad de los británicos no la quieren en el trono.

El futuro pasa por Guillermo y Catalina. Los duques de Cambridge son los preferidos para la sucesión. A ella la comparan en carisma y estilismo con su suegra, y su hijo, el pequeño Jorge, ha heredado la pasión por el baile de su abuela (inolvidable el que se marcó en 1985 con Travolta en la Casa Blanca). En ellos está la esperanza de que la tragedia de Diana forme parte del pasado, y no del presente, de la corona británica. «Estaría orgulloso de ser solo una mínima parte de lo que ella fue», confiesa Guillermo.


Source: Life Style

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Author: Redacción

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