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Mar en las alturas

De ser Margallo, me echaría a temblar. Tal Cleopatra, Mar puede cambiar el mundo, camelar y engañar explotando su papel recién estrenado de abandonada, inédito en su dilatada historia tan llena de populares, desde Alessandro Lequio a Carlos Lozano. Un estado solitario que presuntamente estrena. ¡No se fíen de las apariencias! Sibilina, la ven capaz de cargarse la visita –¡por fin!– de Obama, al que ahora ofrecen presidencia honorífica en los Sanfermines. No le veo delante del toro por la calle Estafeta, la verdad, pese a su agilidad física. Mar, subida al «candelabro» inventado por su antigua socia, hoy distanciada, Sofía Mazagatos. Ella celestinó su relación con el sevillano José María González de Caldas, hoy potente ganadero. Todo Madrid lo comenta, que diría jocoso el maestro Luis María Anson. ¡No es para menos! Dará tela que cortar y anima el prólogo veraniego que hoy se inicia en Ibiza con la moda ad-lib. Es en la isla blanca donde Mar Flores volverá a pasar sus vacaciones. Lo anticipa en una entrevista en «Love», hecha en Barcelona, tras amadrinar una pasarela. Cunden los interrogantes y la perplejidad al verla meterse en la ONU. Van del estupor al pitorreo, ¿dónde pararemos? Supuesta defensora de todos los valores humanos ahora cuestionados por el pasotismo europeo con los refugiados. ¿La habrán elegido por bonita, audaz y mediadora?

w solicitud de amparo

Habrá que esperar para volver a conciliar el sueño, pero inquieta, preocupa, desazona y despista descubir qué coño pinta ella en esas alturas. Igual solicita amparo del alto organismo cara a su divorcio, que no está claro. Ella sostiene, insiste y repite que «separarnos fue cosa de Javier». Él calla y no otorga, lo que aumenta el desconcierto ante esta sorprendente incursión en la alta política de la hermosa que tuvo tantos novios. Envidian no sólo su fina estampa de ya 48 que no aparenta. También el historial amoroso al que puso fin, insistiendo hasta conseguirlo, Javier Merino, empresario madrileño que nunca reinó en la noche pese a tener respectivamente La Sal y, el en un principio exquisito, Fortuny. Hoy apenas relumbra como punta de cita del pijoterío.

Desvela, perturba y hasta crea alarma social descubrir quién impulsó la visita que Mar acaba de hacer a la ONU neoyorquina. Vestida con un traje amarillo canario, que es color gafe, no fue tal turista interesada en las vistas panorámicas que se disfrutan desde su imponente edificio. ¿Cómo logró colarse, superar la seguridad, hacerse un hueco en zona tan inexpugnable, y ahora más, donde se cuece –lentamente y sin sabor, eso sí– el futuro del mundo? Igual aportó soluciones salvadoras. Aunque me inclino más a que entró empujada por algún conocido entrañable. ¿Fue a vender sus bolsitos, que no competirán con los Vuitton? ¿A mostrarse jacarandosa? ¿O a recibir comisiones en plan –lo suyo– artesanal o siguiendo el camino iniciado recientemente en plan semioficial por Colau y Carmena? Todo es posible conociendo lo maniobradora que siempre ha sido. Audacia que desconcierta, mientras inquieta su arrojo. Tras sentarse y ser inmortalizada en el salón de sesiones –que yo hice lo mismo cuando Montserrat Caballé y José Carreras dieron allí un concierto con Alicia de Larrocha al piano– aumenta mi desvelo. ¿Los entretendría contando sus peripecias amatorias, los tiempos con la agencia de modelos asociada con Mazagatos –la rubita toca madera al nombrarla–, o acaso detalló las artes y potencia erótica del Conde Lequio, con el que engañaba vilmente –de folletín, lo sé– a un entregado Fernando Fernández Tapias que proyectaba convertirla en su tercera esposa antes de la dulzura de Nuria González? Ella fue consuelo y paño de lágrimas tras descubrir el viaje encamado con Dado en hotel próximo al Palacio Torlonia, donde vívía su abuela, la Infanta Beatriz. Escandalazo bien pagado en su tiempo y decepción de Alberto Cortina y Mirian Lapique, que habían formado «pandi», desigual cuarteto, con el naviero vigués y su doncella.

w insalvable

Despistado me tiene como al resto de madrileños. Qué propósito la guió a la ONU, donde no pueden solucionar lo que parece insalvable. Javier Merino, cautamente no replica a las acusaciones de abandono por parte de esta ex, hace veinte años objeto de todos sus anhelos. Pero ella lo desprecia deseando mayores excitantes. Tras ser princesa italiana con Carlo Costanza di Castigliani, tras un bodorrio madrileño, embobó a Cayetano Martínez de Irujo, cabreando a la Duquesa de Alba. Conociendo el paño –¡qué no sabría ella!–, torpedeó el romance, aunque, todo hay que decirlo, Mar costeó la recuperación del Conde de Salvatierra que soñaba con llevarla al altar. Como no pudo, la coló bajo mantilla dándole sitial destacado en la catedral sevillana cuando su hermana Eugenia maridó con el torero de cabeza grande.

Lo de Lequio no fue locura ni calentón. Él me recuerda, sin entusiasmo que duró ocho meses apurados al máximo. Les comía la pasión recíproca y fue doble juego repugnante engañando a Fefé. Quizá Mar haya exhumado el trance para rellenar como nueva Marta Haro su polémica visita, acaso relacionada con las relaciones humanas que tan bien se le dan. Caben todas las posibilidades, supuestos, cábalas y suposiciones. Pero si yo fuera el siempre cabeceante ministro de Exteriores andaría con tiento, no vayan a nombrarla su sucesora. Todo es posible en tal manipuladora de engañosa cara bonita.

Source: Life Style

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Author: Redacción

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