Reason Play Microgaming

Marta y Carlos Torretta: Un romance "anti Amancio Ortega"

La cosa promete. Nos espera verano de calentón. «¿Y qué futuro les ves?», me preguntan de izquierda a derecha sobrevolando un centro que se resiste a serlo. Por algo será. Morbo en la demanda, quizá conociendo el fuerte carácter –el mismo de su madre, la estupenda y rejuvenecida Flora– de la heredera más rica de España. Se comporta como si no lo fuera, buena alumna de su padre, el multimillonario Amancio Ortega. Les puede semejante posibilidad encandiladora del muy zascandil y conquistador Carlos Torreta, tan émulo de su progenitor en lo que a galanteos se refiere. Dan pelos y señales de su dotación y entienden la entrega de Carmen Echevarría. Hablamos en pasado. Mejor que quede en eso porque Marta no está dispuesta a repetir el incesante malestar que le provocó el jinete.

Estuve en su boda en Anceis. La celebraron en el pazo coruñés donde el magnate tan sencillo pasa parte de su tiempo compartiendo el campo próximo a su casa ancestral, de cinco pisos, en la histórica calle de Tabernas. Marta ocupa el ático que da a La Marina. Tiene por vecino a Paco Vázquez, que transformó una Coruña suya y nuestra. Terra meiga que conquistó el leonés, que empezó trabajando en unos grandes almacenes de San Andrés. Era La Coruña de mi juventud, donde un 25 de julio, festividad del Apóstol Patrón de las Españas, con 18 años perdí aquello sobre su blanca arena, que no llamaría polvo, aunque así resultara bajo los inmediatos pinares tan sólo a 2 kilómetros del imperio Zara.

«¿Y tú crees que durarán?», insisten, buscando algo más que lo casi confirmado por el último corazón, cebándose ante el amartelamiento de la internacional pareja, muy parecida en el aprendizaje. Don Amancio y Carmen Echevarría de Torretta en sus inicios trabajaron como dependientes, ella lo hizo en el Loewe de Serrano, mostrando una antipatía que enseguida la movió del puesto. Y antes de cumplir los 20, Marta fue enviada a una de sus tiendas londinenses para ponerse tras el mostrador. No era mayor de edad cuando celebró aquel fiestón al que asistí invitado por ella en el céntrico Playa Club. Vi que algo unía a padre e hija aparte del respectivo cariño. Es su ojito derecho a pesar de un primer matrimonio casi provocador. Ella mantuvo una relación cariñosa con Pepita y Antonio, únicos hermanos del magnate cuyo Zara sólo se asemeja al corte y confección de Torretta en que refritan a Armani mejor que nadie. Sobre todo la empresa coruñesa Meigas Fora, cuyas instalaciones recorrieron en moto en el contaminado Polígono de Sabón. Allí sigue la refinería contaminadora, la termoquímica y una industria férrea de Villar Mir. Fue un campo abonado para la expansión industrial de La Coruña, que así la llamamos los coruñeses de verdad. De esa forma se refiere a ella la gloria novelística que es Manuel Rivas, que en «Los libros arden mal» habla del Pabellón Lino en el que mi abuelo hizo debutar cupletistas, desde Raquel Meller a La Goya. Dominaba los espectáculos locales con escenarios como el modernista del pabellón y el Rosalía, tan próximo a la cafetería Bonilla a la vista de la calle Real, cerca de la librería de mi abuela, doña Manuela. En su juventud la frecuentó Amancio sin imaginar adónde llegaría. Un fenómeno mundial dentro de su humildad que le hace, aún jubilado, acudir cada mañana a su mesita pequeña o dejarse caer por el comedor de 200 empleados. Comparte su menú y allí le montaron el cumple sorpresa. Todo un ejemplo de saber no sólo estar sino mantenerse impasible, incluso siendo dueño de 40.000 millones.

Source: Life Style

Share Button

Author: Redacción

Share This Post On

Submit a Comment