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Melania levanta un muro ante Trump

Melania está triste. Melania disimula los morros pero transmite la inequívoca sensación de que no tolera más la abrasiva compañía de su marido. Melania, susurran en las alcantarillas, acaricia la idea del divorcio. Melania, sueñan en Hollywood, nos proporcionará un guión de esos que ponen la taquilla boca abajo con sus cuitas antipresidenciales y su mal de amores. Hablan y no paran de la Primera Dama. Lo sucedido en Israel, cuando rechazó de un palmetazo la mano de Mr. Trump al descender del Air Force One, amplifica una tormenta mediática de largo recorrido. Una que ya conoció sabrosas ramificaciones después de que ella, por accidente o a sabiendas, oprimiera el botón del «me gusta» en Facebook a un comentario del escritor Andy Ostroy: «Parece que el único muro que ha levantado Trump es entre él y Melania». Lo acompañaba un vídeo de la toma de posesión, en el que ella congela la sonrisa con mueca fúnebre en cuanto su marido deja de mirarla.

Suma y sigue: está la decisión de mantenerse en Nueva York hasta que su hijo Barron acabe el curso. Un capricho que le cuesta al contribuyente un millón de dólares mensuales por cuestiones de seguridad. Añadan los problemas logísticos derivados del transporte del crío al colegio: sale a operación militar diaria. Un colegio, por cierto, que tiene a los padres de sus compañeros insubordinados. Al menos al decir de Evgenia Peretz, que dedica en «Vanity Fair» un vitriólico reportaje al mar de fondo que sacude a la pareja. No es fácil, no, soportar la rutina diaria de compartir la entrada a clase junto al cachorro del Presidente, con toda la parafernalia policial que conlleva.

Ah, pero la historia de los malos rollos no nace ahora. Melania siempre ha lucido de rutilante esposa y modelo. Algo así, y perdonen los que acostumbran a ofenderse varias veces al día, como un hermoso gato persa sin mucho qué decir. Ella era una chica ambiciosa y guapa que, según le han contado varias de sus antiguas amistades a Peretz, ni trasnochaba ni iba al cine ni visitaba museos ni hacía otra cosa que salir de cuando en cuando con hombres maduros y recogerse pronto en casa. Ningún problema aquí, pero claro, al final resulta que ni el más creativo de los asesores de imagen ha sido capaz de encontrarle una inquietud más allá de las cremas exfoliantes. Hasta que conoció a Trump, en 1998, y… bueno, no amplió su reducido campo de intereses, pero catapultó su estatus: ahora iba del brazo del millonario más hortera y bocas del país.

Source: Life Style

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Author: Redacción

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