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Miguel Ángel Silvestre: "En esta profesión hay que cuidar a los compañeros y también a sus parejas"

Si Miguel Ángel Silvestre no existiera, habría que inventarlo. Y no sólo para que hiciera feliz a Paula Echevarría, convertida en Ana de «Velvet», desde su papel de don Alberto y reventara las audiencias, sino para que le enseñara al mundo que hay guapos que lo son aún más por dentro. Como él. Y mira que lo es por fuera. Y sexy. Y ,encima, según el informe Rexona, el español que mejor huele. Yo no he tenido oportunidad de comprobarlo porque le he hecho la entrevista por teléfono. Nada más acabar la fiesta de despedida del directo final de «Velvet» salió corriendo para su Castellón natal. A ver a la familia. Los echa de menos ahora que vive en Los Ángeles, aunque triunfe en la serie «Sense 8», que arrasa, o en «Narcos», la ficción más vista del mundo. Está en su mejor momento, pero eso no le impide ser sencillo y cariñoso y hasta llamar al teléfono de la entrevistadora (o sea, al mío) para decirle que la función del cole de su sobrino ha terminado y que ya está libre para charlar.

–Creo que me ha hecho más ilusión recibir su llamada que la de Brad Pitt…

–(Risas) Brad Pitt tiene más «flow»… ¡pero no es de Castellón!

–Eso está claro. Y no creo que ni él hubiera conseguido darle un empujón mayor a una serie que el que usted le dio con su vuelta a «Velvet».

–Bueno, yo pienso que es el resultado de cómo se preparó el desenlace de cuatro temporadas. Todo contribuye: es el final, la vuelta del personaje que lleva todo el tiempo fuera… Creo que Bambú (la productora) lo escribió muy bien para que el público nos acompañara con más fuerza.

–¿Y no tuvieron nada que ver esos cuatro paseos que se dio usted en el último capítulo sin camisa?

–(Risas) Eso no creo… (más risas) Tiene más que ver con ese directo frenético que nos tenía a todos asustaditos y a que la gente estaba también expectante con si nos íbamos a equivocar o no… Y me parece que salió pasable para lo atacados que estábamos.

–Desde luego, el resultado fue estupendo. Vamos, que el público respondió… y de qué manera. ¿Era la primera vez que se veía en algo así?

–Había hecho teatro amateur en una sala con veinte personas y fue muy curioso. Hasta nos visitó mi familia. Entre ellos, mi sobrino, al que acabo de ver yo ahora en su función. Yo le dije: “Cariño, aquí no puedes hablar ni nada…” ¿Y sabes lo que me ha dicho a mí hoy en el teatro del colegio? “En mi función vosotros podéis toser y estornudar si queréis…” (Risas)

–El equipo de «Velvet» ha compartido cuatro temporadas. Eso es mucho tiempo. Deben pasar bastantes cosas, como amores, odios…

–A veces, sí. De hecho, ayer vi a dos compañeros del equipo técnico… ¡con una hija! Y dije: “Ostras, ¿en qué parte me he perdido esto? ¡Si ni sabía que érais novios!” Y ellos me dijeron: “Pues sí. Nos conocimos aquí y hemos tenido una niña”. Se viven emociones muy intensas en los rodajes y hay gente que, después de cuatro años, se juntan. También se hacen amistades muy profundas.

–Pues en un trabajo largo como éste, mejor que le toque una pareja que le guste, porque si no…

–¡Eso debe ser un suplicio! Decir las palabras tan bonitas que escriben y en el fondo querer tirarle de los pelos… Y ha pasado mucho. En «Nueve semanas y media» y en otras grandes películas. Los espectadores lo vivimos con mucha pasión, pero ellos no se podían ni ver. No es mi caso, la verdad. Yo puedo afirmar que Paula Echevarría es mi hermana, que la admiro, la quiero, la adoro… Me pasa con Manuela Velasco, con Adrián Lastra, con Javi Rey, con Asier… He tenido mucha suerte.

–No se puede quejar. Las parejas que le han tocado en sus dos series más celebradas son espectaculares.

–Espectaculares y muy bonitas como personas. Si fueran muy guapas sólo, a la media hora se te pasa…

–¿Es usted consciente de que para ellas no debe ser fácil hacer determinadas escenas y que sus parejas no se pongan nerviosas mientras trabajan con el sex symbol en el que usted se ha convertido?

–Yo las cuido mucho, así que espero que estén contentas. Sé lo que supone para muchas chicas esta profesión y más aún algún tipo de escenas. Y soy muy consciente de que hay que mimar a los compañeros y a sus parejas. Porque nosotros, cuando ponen las luces y tiran los fuegos artificiales, intentamos que el público crea que estamos locamente enamorados… Por eso es muy bueno conocer a los familiares y hacerlos a todos partícipes. Al final es nuestro trabajo y debemos hacer que resulte creíble. Y para eso todos tenemos que estar relajados. A través de la relajación se establece una complicidad que hace que, cuando estamos hablando en el sofá de lo mucho que nos queremos, a la luz de los focos, el espectador diga:“Guau, qué a gusto están”. Eso me ha pasado con Paula en «Velvet», pero también con Poncho en «Sense 8».

–¿Ha sido más difícil con él, al ser un hombre?

–No. Es un ser humano al que admiro mucho también, así que para mí era muy fácil mirarle con los ojos bonitos. Él es una de las personas más generosas que conozco, una de las cualidades que más aprecio en las personas. Cuando empezamos y nos dimos el primer abrazo éramos dos barras de hierro. Ahí sí que había cero química, pero me presentó a su familia, empezamos a ir al cine, a ver partidos de fútbol, a contarnos la vida y, poco a poco, cada vez nos sentimos más relajados, hasta el punto de que cuando estamos en escena y nos cogemos de la mano él no piensa: “Oh, cielos, me está cogiendo de la mano”, ni yo tampoco.

–Ahora que cita «Sense 8» me da por pensar que «Sin tetas no hay paraíso» le hizo muy popular, pero la proyección internacional se la ha dado «Velvet».

–Nunca hubiéramos imaginado que se llegara a vender a 22 países y que fuéramos a recibir el cariño del público desde tantos lugares diferentes. A mí no dejan de sorprenderme las ofertas que me llegan de otros lugares. Nos está abriendo muchísimas puertas porque es una ficción muy bien hecha y se ha recibido de forma extraordinaria en otros lugares. Pero además es que Bambú, o sea, Ramón y Teresa, tiene una ambición de primera división pero un trato muy cercano, son de familia gallega y quieren que todos sus miembros estén contentos. He podido cumplir el sueño de trabajar con las hermanas Wachowschi (las creadoras de «Matrix»), cosa que era prácticamente imposible por el plan de rodaje, pero a todos, a Paula, a Aitana, a José Sacristán les han facilitado que pudieran compaginar otras películas, teatro o lo que fuera… Han tenido que hacer malabares y probablemente también les habrá supuesto un coste económico importante, pero así estamos todos, deseando hacer cosas con ellos y que todo les salga bien.

–De momento, a usted le va de maravilla fuera. Después de «Sense 8», ahora también participa en «Narcos», en Colombia.

–Rodamos en Cali y Bogotá, sobre todo, pero también en Nueva York y Miami. Mi compañera de reparto es Kerry Bishé, la chica de «Argo», que es una mujer muy bonita, y también tengo escenas con Pedro Pascal. Y, de vez en cuando, me dan el regalazo de tener una escena con Javier Cámara, que es mi hermanito.

–Pues el resto de sus «hermanos», salvo Álex González, se le han quedado lejos porque ahora vive usted en Los Ángeles, ¿no?

–Sí. Con «Sense» 8 trabajé por EE UU, ahora voy mucho a Bogotá y a México he ido también por promoción. Necesitaba una base que me permitiera volar por América y que no me supusiera 14 horas de viaje cada vez.

–Hablará inglés, supongo

– ¡Sí! ¡Por fin! Llevo años estudiándolo. De pequeño, ya por el tema del tenis, viajaba y tuve la posibilidad de hablarlo, pero llevo tiempo estudiándolo y ya empiezo a disfrutar del idioma. ¡Como para decir que no, con las horas que le he metido!

–También le mete horas al surf, creo…

–Es una de las suertes de vivir en Los Ángeles porque, por lo demás, es una ciudad muy solitaria y enfocada al trabajo. Tu ocio puede ser ir al gimnasio y poco más. Allí hay mucha distancia entre casa y casa y la gente tiene que mirar la agenda para quedar; no se improvisa un café… Hay cenas en los hogares y eso, pero yo creo que es muy importante buscar relaciones y «hobbies» que estén muy apartados del trabajo. A mí el surf me gustaba desde pequeño, y eso que soy del Mediterráneo, pero en mi grupo de amigos todos teníamos tablas, aunque las sacábamos a pasear tres veces al año, cinco si me apuras, porque era cuando había olas. De cualquier forma, nos íbamos a surfear una vez al mes. Poder hacerlo todos los fines de semana es brutal.

Source: Life Style

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Author: Redacción

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