Reason Play Microgaming

Rocío Carrasco prefiere que a su boda con Fidel solamente vayan sus primas

Se han convertido en el atractivo del momento, especialmente tras su primer «Hable con ellas», donde los papeles estaban bien repartidos. Bastaba con verlas avenidas, al menos de entrada: impactó el aire sereno y plácido de Mónica Martínez y el esnobismo tan al aire del extinto Tito B. Diagonal, que iba de pijo barcelonés, mientras Soledad es una mixtura entre su tierra y Madrid. El físico lo mismo recuerda a Pitita Ridruejo –que ya ni sale, lástima– o al enorme Pawlowsky tan añorado con sus «shows» llenos de ingenio, elegancia, buen humor y ruptura. Fue una época de buenos espectáculos barceloneses. Rompió moldes y supo desencasillarse de mariquitas estereotipados en antena con tíos reprobables. Escamillo se hizo famoso por sus capas. Antonio Amaya, por cantar lamentándose en un estilo luego imitado –y mejorado, claro– por Raphael, y Bambino le daba al flamenquito. Madame Arthur sentaba cátedra de transformismo y en El Molino que hoy agoniza –de nada sirvió su relanzamiento de hace años– Johnson levantaba muy amanerado del asiento.

Clásicos de una actuación casi imagen viva del artista que hoy recupera Sole, la ya también gran señora del programa que une a dos personajes de rabiosa actualidad: Rocío Carrasco, ante su boda tras 16 años con Fidel, y Alba Carrillo, inagotable generadora de sucedidos en el mejor estilo pantojil, es fuente que no cesa sobre su esbeltez rechazada por el tenista. Acaso no sea tanto su desconsuelo. Aún no salió del asombro, pero supera el trance y pasea por los platós sin aflicción alguna. Mantiene luminosidad facial y de actitud, un físico atrayente y simpatía a raudales. «A mí me peinan en Telecinco, no voy a ninguna peluquería», aseguró bajo sus mechas de marca en el «¡Qué tiempo tan feliz!» de una María Teresa Campos que impacta –también inquietando– por su pérdida de kilos. Sigue sin querer comer y lo que el físico gana en estilización preocupa a sus fans.

No es lo de Lequio y María Palacios, que ojalá algún día concreten dónde pasaron vacaciones –él siempre iba a Grecia con su hijo mayor–. Hay despiste por si fue en Galicia, tierra de María, o en el norte de Irlanda, que fue lo que él me aseguró cuando le mandé un mensaje de ánimo. Me respondió que andaba jugando al golf. La fotografía que lo recoge no despeja dudas porque la costa irlandesa puede parecerse a la gallega y a la de esa «terra nai» semejante a la de Cork o cualquier zona peñascosa tan abundante en la tierra del whisky. Parece calmado el impacto de lo propalado por la supuesta conquistadora que, tres años después de haber mantenido una relación con él decide hacerlo público aderezando de manera miserable la próxima maternidad de la consorte. La pareja reapareció el sábado en la boda vespertina y extremeña del hijo de Ana Rosa Quintana, nacido de su primer matrimonio con Alfonso Rojo cuando ella aún soñaba con ser la indestructible «reina de la mañana» televisiva sustituyendo a María Teresa.

Destaca el buen rollo entre Rocío Carrasco, que fuma igual que un Fidel con siete kilos menos tras esforzarse por acabar la carrera de Derecho. Lo consiguió, además de una fina estampa. «Es bueno tener un abogado en la familia, y más aún si es tu marido. Estoy encantada de que lo haya logrado», me dijo Rocío cuando le pregunté, quizá acorralándola, si pensaba invitarme a esa cita casamentera del próximo 7 de septiembre, que acaparará la que diez días más tarde tengan Matamoros y su rubia Makoke. No hay color en cuanto a gancho.

«Rocío me da consejos, la llamo mi segunda mamá», agradeció Alba Carrillo por la atención que le dedica y cuánto puede salvarle su experiencia ya muy larga, primero como niña mimada de la Prensa y ahora, rotunda, segura, rubia y con una larga y abultada melena, sabiendo lo que quiere y por eso prefiere que al casorio que le hace tan feliz no vaya ninguno de los suyos, primas aparte. Y sé lo que digo.

Source: Life Style

Share Button

Author: Redacción

Share This Post On

Submit a Comment