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Rocío Carrasco retrasa su boda por miedo al calor

Diecisiete años conviviendo no les permitieron imaginar las altas temperaturas actuales. Tal subidón es más que anímico. Crea sudores e incomodidad. «No podíamos más, era un torradero», me cuenta aún sudoroso el asistente a un enlace celebrado anteayer en ese lugar especializado en bodas y banquetes –con suite nupcial con cama de dosel, muy «ancien règime»–, pretencioso pero poco joven, que es la finca toledana de Valdepalacios, donde una habitación no baja de 200 euros. Nos derretíamos al aire libre, con un sol aplastante y pisando un rústico empedrado de guijarros. Insoportable, las señoras quitándose los taconazos, pilladas por sorpresa de semejante entorno tan molesto. Se lo transmito advirtiéndoselo a varias invitadas. «Os aconsejo unas zapatillas de repuesto», les dije para no aguarles el bodón de mañana.

Rocío y Fidel no cayeron en estos imprevistos. Y eso que tuvieron años para sopesar los pros y sus contras, lo mismo que al elegir a sus 250 invitados, que parecen incomparables con los mas de 1.000 que concurrieron a su enlace con Antonio David. Fue en la ya inexistente «Yerbabuena», con Pedro Carrasco apadrinando, y luciendo elegante chaqué gris, a la niña de sus ojos. Su espantoso modelo casamentero hoy debería estar expuesto en algún museo de los horrores. Fue lo más feo que se ha visto en una novia, casi preludio de su rápido y previsto desencuentro con Antonio David Flores, que hoy feliz acoge –más bien recoge– en su casa malagueña a su hija mayor, esperando que el pequeño se les una pronto.

Nadie entiende qué pasó en esa familia que tanto batalló por formarse. Se enfrentaron al mundo. La Jurado trató de impedirlo oliéndose lo que se les venía encima. El tiempo y la mala convivencia le dieron la razón. Por eso era la más grande. Luego, Antonio David se atrincheró en casa de su suegra, bien protegido por Ortega Cano. La pareja residía allí bajo la teta materna y lo soportaron durante meses para que el ex guardia civil no fuera acusado de «abandono del hogar». Rocíito los dejó compartiendo incómodos, solos ante el peligro, cobijando a quien tan mal se portó con su esposa e hija.

Un folletín que entristeció la última época de «la más grande», que cedió a las presiones de Ortega Cano de adoptar a José Fernando y Gloria Camila. Él pretendía hacerlo con seis niños hospicianos de Hispanoamérica, y su cantaora mujer echó freno y marcha atrás: «Poco a poco, José, probemos primero». En tiempos la oí quejarse de que José Fernando se orinaba, desafiador, sobre los trajes de volantes con que actuaba. Le parecían un buen sumidero que Juan de la Rosa mantenía casi expuesto en un guardarropa próximo a la piscina. Habría mucho que contar, o que lamentar, de aquellos años en los que José Fernando primero fue mandado a un reformatorio-cuartel miamero para sacarlo adelante. Luego, crecido pero irrazonable, visitó Barcelona, Toledo, Zaragoza y últimamente la López Ibor, especializada en curar lo aparentemente irrecuperable. A ver si ahora lo consigue.

Source: Life Style

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Author: Redacción

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