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Travolta y el poder rosa

¿Qué tienen en común Ted Cruz y John Travolta? Pues que más allá o acá de sus creencias esotéricas ambos han sido protagonistas esta semana del «National Enquirer». Cruz con la historia de que su padre, exiliado cubano, habría repartido panfletos castristas en Florida junto a Lee Harvey Oswald pocos meses antes de que el vórtice de todas las conspiraciones desde la muerte de Julio César asesinara a John Fitzgerald Kennedy. Travolta mediante la exclusiva de que sale con un transexual, y no uno cualquiera: Caitlyn Jenner, campeón olímpico de decatlón en Montreal 1975, cuando respondía al nombre de Bruce, y ex de Kris Jenner, gran matriarca de esa saga disfuncional conocida como los Kardashian. Que el «National Enquirer» goza de un prestigio arrollador lo demuestra el que Donald Trump no tardó ni un segundo en apuntarse a la teoría de Oswald para cuestionar a Cruz, causando una alegría indescriptible entre quienes duermen mucho más tranquilos sabiendo que el futuro comandante en jefe de EE UU, al cargo de 5.000 cabezas nucleares, sustituye la lectura del «Wall Street Journal» y «The New York Times» por los tabloides sin cortar, 100% de pureza.

Pero atención. No siempre el «Enquirer» dedica su tiempo a descuartizar famosos publicitando delirios. Algunos de los desvaríos y no pocas de sus predicciones más funestas incluso acabaron por confirmarse. Como cuando pronosticó la muerte inminente de Michael Jackson. Un éxito multiplicado al apostar al deceso de Steve Jobs, al que daba 6 semanas de vida. Duró 7 meses, pero todo el mundo asumió la prisa en enterrarlo como un conmovedor ejemplo de pundonor periodístico, siempre al servicio de la noticia y el cementerio. Es fama que en 2010 el Premio Pulitzer admitió que la publicación opte a sus galardones, tras revelar esta que el aspirante demócrata a la nominación para la Casa Blanca John Edwards mantenía un idilio extramarital con la actriz Rielle Hunter, con la que tuvo un hijo. Resultó ser cierto. También acertó cuando hizo públicos algunos de los detalles más escabrosos de la relación entre Bill Clinton y Monica Lewinsky, así como con diversas historias relacionadas con O.J. Simpson, Billy Joel y Jesse Jackson. No me lo invento. Pueden consultarlo en la wikipedia: la enciclopedia adecuada, por fiabilidad, método, deontología y prestigio, para escribir sobre un faro de periodismo como el «Enquirer», fundado en 1926 por William Griffin, delfín del William Randolph Hearst que parió el sensacionalismo junto a su archienemigo Joseph Pulitzer e inspiración del «Ciudadano Ka-ne» de Orson Welles.

Volviendo al bueno de Travolta, hay que reconocerle al «Enquirer» un entrañable ahínco para sacarlo a rastras de un armario donde no consta que habite. En 2015 el tabloide sonreía como el gato de Alicia al anunciar que el actor, entonces y ahora casado con Kelly Preston, estaba a punto de divorciarse. Tendría que revelar ante el juez, ñam, ñam, su hipotética homosexualidad. Un asunto, el de la condición gay del protagonista de «Fiebre del sábado noche», que desvela a los chacales del corazón ajeno y los inquisidores del vecino, por alguna razón nunca bien explicada empeñados en vestirle con faldas y a loco, a lo loco, a lo loco se vive mejor. Será que nuestra glotonería de cotillas y nuestro indisimulado amor por enterrar ídolos, mucho mejor si están vivos, alcanza su apogeo con las crónicas de alcoba y los paseos por el cubo de la ropa sucia.

De alguna forma, adjudicándoles una adicción a las pastillas o un amor prohibido cantado por Bambino, compensamos la insoportable comparación entre su patrimonio inmobiliario y el nuestro. Hay que ser muy bicho para codiciar la fortuna de Travolta, golpeado por el martillo de la tragedia cuando en 2009 perdió a su hijo Jett, 16 años, y mucho más para fabricarle un escándalo deshilachado tras otro. Pero de todo hay en nuestra tribu. Alguien tiene que alimentar el morbo de los creyentes en la ufología y los partidarios de las dietas milagrosas. Gente aburrida, que calma la neurastenia mediante la lectura de artículos sobre la teórica sodomía del ídolo de turno. Yonquis del chismorreo, comadres de la miseria, alimentados por una prensa especialista en habitar submundos.

Source: Life Style

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Author: Redacción

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