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Una historia de amor incomprendida

Antes que la actual, romántica y folletinesca serie televisiva, fue un denunciador dramón teatral pateado en su estreno. Emilio Romero llevó a escena lo que había sido escandaloso secreto a voces. Un escándalo que parecía surrealista en el puritano franquismo. Serrano Súñer era el número dos del régimen además de «cuñadísimo» casado con Zita Polo, hermana de la inflexible doña Carmen, que en devaneos no pasaba una. «Sólo Dios puede juzgarme», tituló disculpando el periodista-comediógrafo que no esperaba tal reacción del más que respetable, gente encopetada que defendía sus extralimitaciones. Y aunque habían pasado muchos años y Serrano ya no compartía «reinado» con el Caudillo, se sintieron atacados donde más les dolía: en el sexo. Claro que no fue el único. Pero sí el más descarado, incomprensible, provocador y permisivo «affaire» de las alturas. Nadie se había atrevido a tanto, Franco tampoco lo hubiese permitido y por deslices menos importantes los deportaba no sólo de su entorno, también del país. Castigarlo era reconocerlo. Lo que ahora podría parecer ficción inventada por Nieves Herrero costó mas de un cargo denunciador del adulterio. Como si el Jefe de Estado no estuviese al tanto de cómo se las gastaba el pariente que nombró ministro de Asuntos Exteriores cuando le interesó simpatizar con Hitler. Eran los años 40 y Europa procuraba no enfadar al Führer. Allá por 1946, cuando ya no era bien visto bailarle el agua, Franco se cargó a Serrano. Y no fue consecuencia de sus amores nada furtivos con la marquesa de Llanzol, casada, como muchos en aquella sociedad, por intereses. Lo hizo con alguien que le doblaba la edad. Fruto de ello, nació la exquisita Sonsoles Díaz de Rivera, una de las mujeres más elegantes, mas allá de su apariencia íntima de Givenchy. Cuando salió el libro, le pregunté qué opinaba:

–No pienso leerlo. Además, su autora no tuvo el gesto de pedirnos permiso. Nunca lo hubiésemos admitido.

Nieves lo desmintió: «Sí hablé con ella. Mostró su rechazo y la eliminé de los agradecimientos».

Una conducta más que comprensible ante semejante evidencia hecha carnaza televisiva. Aunque su protagonista no da ni con belleza el estilazo de la traicionadora marquesa, una de las musas, además de íntima y cómplice, del irrepetible Balenciaga. Fue uno de sus protectores. Sonsoles y Serrano quedaban en su salón de la Avenida del Generalísimo, según me comentó alguna vez la primera oficiala del maestro de Guetaria cuando coincidíamos en París, alojados en el Hotel Mont Thabor, en los desfiles de la alta costura. Lo vio todo y la aristócrata lo justificaba en casa con «voy a probarme los encargos». No sé qué argumentaría «el cuñadísimo» para razonar sus visitas al modisto cuando doña Carmen era adicta a Pedro Rodríguez y sus rebordados y más tarde de Pertegaz, que la rejuveneció para la petición de mano de su nieta Merry con gasas amarillas que marcaron época. Nadie lució sombreros y pamelas con su prestancia bien soportadas por señorío, luego heredado por su hija Carmen y su nieta Carmencita Martínez-Bordiú, otra experta en barullo sentimental. Cree, como yo, que en la variedad está el gusto y por eso dejó al aburrido duque de Cádiz, otro matrimonio impuesto, tras abandonar a Jaime de Rivera, al que según los contemporáneos habría engañado con un príncipe de Baviera, hermano de la deliciosa Tessa y la extinta Crista que años atrás tanto lustre dieron a nuestra «jet». Sostienen que el marqués de Villaverde sorprendió a su hija mayor con el príncipe rehaciendo la escena del sofá. Lo evocan a media voz, y eso que pasó el tiempo. Carmen luego se enredó con Jean Marie Rossi, Roberto Federici y hasta con Luismi, el «chatarrero».

Y eso le pasó a la marquesa ahora reencarnada. Pero cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia con quien fue exquisita en una época donde abundaban las señoras chic. Lógico abaratamiento fomentando el aire folletinesco que cautiva. Aunque Rubén Cortada se asemeja sobre todo en apostura y fríos ojos verdes. Llanzol es título de 1690 otorgado a Pedro de Llanzol, Romaní, Escrivá y Castellví, barón de Giles. De ellos nació Carmen Díaz de Rivera que, casualidades del destino, se enamoró de Ramón hijo ignorando el parentesco fraterno. A punto de boda y ante la barbaridad a cometer, se lo revelaron. No lo superó, escapó de España, estuvo varios años de cooperante en África aliviando el amor destruido. Cuando regresó aupó a Adolfo Suárez. Se convirtió en su mano derecha, igual de fría y estratega que su padre. Aseguran que hubo más, pero nadie ofreció evidencias porque el co-autor de la democracia sólo se enamoraba del poder. Fue cuando Vicente Parra estrenó en el Reina Victoria el dramón de Romero. Vicente se jugó dinero y prestigio –«hacernos esto él, que fue Alfonso XII» le criticaron– y tuvo pocas representaciones, aborrecido por la sociedad entusiasta de Oscar Wilde en denuncias parecidas, rechazando ver sus pecados convertidos en alta comedia, lo que fue drama para quienes antepusieron la pasión al deber.

Source: Life Style

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Author: Redacción

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