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Una noche (sexual) en la ópera

El mundo de la ópera habla mas de imposiciones que de seducciones sexuales. Quizá desde sus alturas ni consideran el apoyo y recomendación vía sexo. Les queda lejos y así me lo cuentan mis protagonistas con ayuda de Montse Caballé sobrina y Emilio Sagi. Muy abiertos de carácter, nunca disimulan sus apetencias. Y suelen ir a por todas. Pero puestos a reseñar casos excepcionales de compadreo abundan los matrimonios en tales circunstancias. El ejemplo es claro: «No puede apoyarse en quien no tiene condiciones porque su primera audición sería un fiasco inaguantable. Eso lo sabemos todos», afirma José Antonio Campos, durante muchos años director de La Zarzuela, que, cerrado el Teatro Real, fue escenario de las grandes epopeyas líricas.

Eran tiempos en que la Caballé y Plácido Domingo, en menor medida Alfredo Kraus, que siempre se llevó mal con las empresas, eran los máximos atrayentes de taquilla, casi siempre ofreciendo novedades inéditas y títulos exhumados del olvido. La diva presume de haber cantado 135 títulos distintos, lo mismo desde aquella «Boheme» con que sorpresivamente en el 92 volvió a formar dúo con el madrileño. Un beso nada ceremonioso ante el público selló la reconciliación tras muchos años de hitos conjuntos. Era la más deseada del momento y el cantante se enfadó porque ella sostuvo la nota final mas tiempo que él. Kraus no lo digirió y evitó coincidir en los carteles mundiales durante bastantes temporadas. Fue para la Expo y Barcelona 92 cuando las circunstancias los convencieron para superar habido tan perjudicial para el «bel canto». Pero ella impuso condiciones: que, primero, a mis pies dirija la orquesta, luego ya cantaremos juntos como hacíamos antes.

LOS TRES TENORES

Hubo júbilo mundial porque ninguno superaba lo que vocalmente salía de ese mano a mano excepcional. Incluso cuando en aquel 7 de julio de 1990 debutaron los «tres tenores» en su concierto, luego ampliado hasta la extenuación con otros similares. Resultaron menos grandiosos sin el marco de las ruinas de Caracalla, donde Juan Antonio Samaranch fue de los pocos españoles que ocuparon primera fila un poco delante de mí. Era melómano de pro y siempre lamentaba el alejamiento entre Caballé y Plácido, que tan brillantes noches dieron durante casi una veintena de años liceístas.

Me escama, por más que remiro el tema buscando equiparaciones, el tardío abuso que denuncian treinta años después, acusándolo de «toqueteos» tres jovencitos al director de orquesta norteamericano James Levine. Solo encuentro la callada por respuesta. Huele a tardía venganza a santo de qué. «No comment», responden, allá cada cual con sus necesidades cárnicas, antaño tan abundantes en el género que siempre evitó la promiscuidad. Todo lo más queda en «recomendaciones», como las de Joan Sutherland realzando en la batuta a su marido, el director Richard Bonynge, que se valía por sí mismo, o lo que en aquellos años atribuyeron a Montserrat Caballé aupando a su marido Bernabé Martí –anteayer cumplió 89 años– faltando a la verdad. Cualquiera de sus grabaciones atestigua la calidad de agudos del aragonés, que lo dejó por trastornos estomacales. Claro que no era tan único como Montse, pero hizo unos «Puritanos» que marcaron época.

Teresa Berganza, que estos días anda malucha, no tuvo que impulsar al pianista Félix Lavilla, aunque Mirella Freni alguna vez dio el nombre de José Carreras como posible «partner». Luego se liarían y recuerdo una pelea a bolsazos ante la Scala cuando Merche, la catalana propia del guapo tenor famoso por sus enredos, que lo unió hasta con María Jesús Llorente, madre de una hija de Alfonso Guerra. Viví con ellos el inicio del encantamiento bastante fugaz, pero muy intenso. No sé si llegaría a oídos del entonces temido vicepresidente.

También supe de algún escarceo de Plácido con íntimas mías de Barcelona. Están vivas y pueden atestiguarlo. Entre los últimos, Daniela Dessì, que sus últimos años de vida fue tan asidua al Liceo– parece que benefició al tenor Fabio Armiliato o lo mismo que Anna Netrebko a su actual pareja, Yusif Eyvazov, un tenor de Azerbaiyán, que el jueves cantaron juntos en La Scala. «Antes de unirse a ella, nadie sabía quién era él», aseguran.

Un trasfondo real, latente y disfrutado por todos, conocido pero mantenido, entre el claroscuro que ofrecen los pesados cortinajes de terciopelo rojo ribeteados de oro. Es un enorme telón que, al contrario de lo habitual, no sube y baja. Se abre por la mitad, tal una ostentosa puerta, y desde allí corresponden a las ovaciones. Recuerda bastante al Colón de Buenos Aires, donde Nati Mistral era más estrella y reconocida allá que entre nosotros –¡qué cosas!–. Igual le ocurría en México, donde residió veinte años pateándose aquello. A poco de morir recibió ofertas de volver-volver pero renunció «porque a mi edad ya supone una enorme paliza, aquel país no se acaba nunca». El próximo miércoles cumpliría 89 años y para esa tarde sus admiradores le preparan un homenaje. Será en la iglesia de San Ginés, tan ligada a Lope de Vega. Es al lado del Teatro Eslava de Pedro Trapote, donde tras hacerse figura en Alemania Luis Escobar la catapultó al famoseo. Sobre el altar colocarán una pantalla para emitir el video de aquella tarde inolvidable –con cuatrocientas personas sin poder entrar– en que dijo adiós en su homenaje, nadie imaginabamos que póstumo, a Teresa de Jesús.


Source: Life Style

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Author: Redacción

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